El «consultor esponja» designa menos a un individuo que a un rol funcional estabilizado por las grandes organizaciones contemporáneas. No es una anomalía ni una caricatura: es una respuesta racional a una combinación precisa de incentivos económicos, estructuras de gobernanza y miedos directivos. El problema de esta figura emblemática no es, por tanto, moral. Es sistémico.

Este consultor se define por su capacidad de absorber complejidad organizacional sin transformarla nunca en responsabilidad. Captura información, arbitrajes no asumidos, conflictos latentes, coacciones políticas internas, y los restituye en una forma neutralizada, desencarnada, técnicamente presentable #jesuisenretardsurmaprèz.

Esta operación se presenta como análisis. En realidad, es un mecanismo de decantación: todo lo que tiene filo se disuelve, todo lo que genera conflicto se reformula, todo lo que podría comprometer una decisión se convierte en hipótesis.

Esta función de absorción es central. Permite a la organización cliente darse la imagen de una estructura racional, en movimiento, capaz de introspección, sin exponerse a las consecuencias concretas de esa introspección. El consultor esponja no viene a perturbar los equilibrios internos: los amortigua. Actúa como una capa de amortiguación entre lo operativo real y el nivel decisional, lo que explica su popularidad tanto ante las direcciones generales como ante las direcciones intermedias.

Desde un punto de vista estrictamente económico, el consultor esponja no produce valor nuevo. Redistribuye valor existente en forma de justificación ex post o ex ante. La misión sirve para legitimar una orientación ya decidida, o para diluir la responsabilidad de una orientación que nunca quedará claramente decidida. La facturación no está indexada a un resultado medible sino a una presencia, un método, un entregable conforme a los estándares de la firma. El costo es cierto, el beneficio es narrativo.

Es aquí donde aparece el carácter deletéreo del modelo. El consultor esponja opera en un régimen de irresponsabilidad estructural. No es propietario de las decisiones que ilumina, ni de los efectos que estas producen. Se le evalúa por su capacidad de mantener la relación comercial, de respetar los códigos implícitos del cliente, de no crear nunca una disonancia demasiado fuerte. El fracaso de un proyecto nunca es imputable a la misión misma, puesto que esta tenía, por construcción, un rol de acompañamiento, de encuadre o de recomendación.

Esta ausencia de responsabilidad se ve reforzada por la rápida rotación de los equipos y la fragmentación de las intervenciones. El consultor esponja interviene en temporalidades cortas, sin exposición a la implementación ni a la explotación de las elecciones estratégicas que contribuyó a formalizar. Puede así producir arquitecturas conceptuales seductoras pero desconectadas de las coacciones operacionales, sin sufrir el contragolpe. La deuda que genera es organizacional, nunca personal.

Se objetará que estos consultores son a menudo altamente calificados, analíticamente sólidos, técnicamente competentes. Es exacto. Su inteligencia no es fingida. Simplemente está orientada hacia la optimización del sistema que los emplea. El saber se moviliza no para resolver un problema, sino para volverlo presentable, compartible, vendible. El consultor esponja es un experto en puesta en forma, no en transformación. Sobresale en la traducción, no en la acción.

Esta lógica sirve perfectamente a los intereses de las grandes firmas. El consultor esponja es estandarizable, intercambiable, escalable. Puede formarse rápidamente en métodos genéricos, desplegarse masivamente, facturarse a tasas elevadas sin depender del éxito efectivo del proyecto. El valor creado no reside en el impacto en el cliente, sino en la captación de presupuesto y su transformación en margen, en crecimiento, en capitalización bursátil. La riqueza producida es estrictamente accionarial.

Pero reducir el fenómeno a una depredación externa sería un error de análisis. El consultor esponja prospera porque las organizaciones lo piden. Responde a una demanda implícita: pensar sin decidir, transformar sin romper, actuar sin riesgo. En entornos donde la toma de decisiones penaliza las carreras, donde el error se sanciona más severamente que la inacción, externalizar el pensamiento se convierte en una estrategia defensiva racional.

El consultor esponja es por tanto un coartada institucionalizado. Permite demostrar que se comprometieron medios, que se consultó a expertos, que se llevaron a cabo procesos estructurados. Cumple una función de conformidad directiva. Poco importa que las recomendaciones se apliquen, o incluso que sean aplicables. Lo esencial es que haya tenido lugar un proceso.

Mientras la gobernanza de las organizaciones valore más la trazabilidad de los procesos de decisión que su pertinencia, mientras la conflictividad interna se perciba como un disfuncionamiento y no como un motor, mientras el coraje decisional siga siendo un riesgo asimétrico, el consultor esponja seguirá siendo una figura central del capitalismo de servicios contemporáneo. No como una deriva marginal, sino como un engranaje perfectamente ajustado a un sistema que aprendió a confundir actividad y creación de valor.


Prospectiva

La reorientación de esta anomalía narrativa y estructural hacia una producción efectiva de potencia económica e industrial supone un desplazamiento profundo de las posturas de responsabilidad. No se trata de añadir salvaguardas o indicadores, sino de modificar las condiciones mismas en las que la intervención intelectual se hace posible, se evalúa y se legitima.

La primera condición es la reintegración de la responsabilidad en la duración. Toda contribución estratégica u organizacional debe concebirse como un compromiso longitudinal, expuesto a los efectos diferidos de las elecciones formuladas. La discontinuidad temporal, característica de las misiones estandarizadas, favorece mecánicamente producciones conceptuales optimizadas para la aceptabilidad inmediata y no para la viabilidad estructural. Cuando se impone la continuidad, los modelos se simplifican, las abstracciones inútiles desaparecen y los arbitrajes se vuelven conservadores en el sentido noble del término: orientados a la sostenibilidad.

Esta continuidad impone igualmente una trazabilidad decisional estricta. Las hipótesis estructurantes, los renunciamientos, los compromisos deben consignarse explícitamente y asociarse a actores identificables. No en una lógica de sanción, sino en una lógica de alineación de incentivos. La ausencia de trazabilidad favorece una inflación de recomendaciones de bajo costo cognitivo, mientras que su presencia tiende a volver escasa la palabra estratégica y a aumentar su densidad.

Un segundo desplazamiento concierne al estatuto del conflicto en la producción de valor. La neutralización sistemática de las tensiones internas es un factor de ineficiencia económica. Los sistemas industriales y tecnológicos complejos progresan mediante confrontación explícita entre coacciones incompatibles, no mediante su distanciamiento semántico. Una postura responsable consiste en exponer esas incompatibilidades, volverlas inteligibles y forzar su resolución en un nivel decisional apropiado. El valor no nace de la pacificación del discurso, sino de la clarificación de las elecciones irreversibles.

Esta clarificación supone una exigencia de materialidad. Toda propuesta debe formularse frente a sus condiciones de implementación, sus modos de fallo y sus costos de mantenimiento en condiciones operacionales. Un pensamiento estratégico que no se proyecta en la explotación real del sistema que diseña pertenece a la narración, no a la ingeniería organizacional. El anclaje sistemático de las recomendaciones en escenarios de ejecución restringidos actúa como un filtro natural contra la producción de soluciones puramente discursivas.

Otro desplazamiento fundamental reside en la redefinición de la relación con la deseabilidad. Los dispositivos que privilegian la adhesión inmediata de las partes interesadas producen compromisos inestables. La responsabilidad supone, al contrario, la aceptación de una fricción temporal, incluso de una pérdida de comodidad organizacional, cuando esta condiciona la robustez del sistema. La búsqueda permanente del consenso debilita la capacidad industrial al diluir las decisiones estructurantes en formulaciones ambiguas.

Además, la producción de potencia económica exige la reconstrucción de capacidades internas de comprensión y de pilotaje. La externalización del pensamiento estratégico crea una dependencia acumulativa que reduce progresivamente la autonomía decisional de las organizaciones. Los aportes externos solo pueden ser productivos si se inscriben en un ecosistema donde la inteligencia estructurante permanece internalizada. De lo contrario, la organización se vuelve consumidora de marcos interpretativos que ya no domina, lo que hipoteca toda trayectoria industrial coherente.

Finalmente, una postura de responsabilidad supone el reconocimiento explícito de la deuda generada por las decisiones tomadas. Deuda técnica, organizacional, regulatoria o humana, constituye el costo real de la transformación. Mientras esa deuda permanezca difusa e impersonal, se produce sin coacción. Cuando se identifica, se mide y se asocia a elecciones precisas, se convierte en un parámetro central del arbitraje estratégico. La creación de valor deja entonces de evaluarse según entregables o calendarios, para apreciarse en términos de resiliencia y capacidad de evolución.

Estos desplazamientos no pertenecen a una reforma marginal del asesoramiento, sino a una redefinición de su perímetro y de su legitimidad. La producción de potencia económica e industrial solo puede surgir de un régimen donde el pensamiento está expuesto, situado y es costoso. En tal marco, la figura del consultor esponja se vuelve estructuralmente obsoleta, no por descalificación moral, sino por incompatibilidad funcional con un sistema orientado a la transformación real y no a su puesta en relato.