El ruido de los bots
Cuando las máquinas desfilan con sus ejércitos por nuestras mentes
Hubo un tiempo en que el peligro se reconocía por el sonido. El ruido de las botas sobre el pavimento, acompasado, metálico, amenazante, anunciaba la llegada de una ideología dispuesta a aplastar todo lo que se interpusiera en su camino.
Ese ruido lo aprendimos a reconocer en los libros de historia, en los archivos en blanco y negro, en los testimonios de quienes tuvieron la desgracia de presenciarlo en directo.
Hoy, la amenaza ya no resuena en los adoquines.
Pulsa en nuestros hilos de noticias, retumba en nuestras notificaciones, se desliza entre dos publicaciones de amigos para depositar, en silencio, los gérmenes de un pensamiento que nunca debería haber cruzado las puertas de la razón colectiva.
El ruido de los bots. Imperceptible. Omnipresente. Devastador.
Una infestación silenciosa
Empecemos por los hechos, ya que es precisamente de lo que se está privando al debate público.
Según el Informe Imperva Bad Bot de 2024, los bots, entidades automatizadas que se hacen pasar por usuarios humanos, representan ya el 49,6 % de todo el tráfico mundial de internet. Es la primera vez en la historia de este observatorio anual que el tráfico no humano supera oficialmente al tráfico humano. Dicho de otro modo: por primera vez, la web habla más con máquinas que con personas.
Deje que esta cifra se asiente. Tómese el tiempo de medir su tranquila obscenidad.
En las plataformas sociales, el panorama es igual de llamativo. Un estudio del Pew Research Center publicado ya en 2018 revelaba que el 66 % de los enlaces a los sitios de noticias más populares en Twitter eran compartidos por cuentas automatizadas, no por humanos. En 2023, investigadores del Oxford Internet Institute estimaban que entre el 9 y el 15 % de las cuentas activas en las grandes plataformas sociales son bots, y algunos análisis sectoriales llegan hasta el 20 %. El propio Elon Musk, antes de comprar Twitter para convertirlo en el laboratorio de esta desintegración, había agitado esa cifra del 20 % de cuentas falsas como argumento de negociación, antes de acomodarse perfectamente a ella una vez al mando.
No son estadísticas abstractas. Son las arquitecturas invisibles que estructuran lo que usted cree que es la opinión pública.
El algoritmo, cómplice consentidor
Pero los bots por sí solos no bastarían para explicar la magnitud del desastre. Para que un ejército de robots sea eficaz, necesita un terreno favorable. Y ese terreno, las plataformas lo preparan con precisión quirúrgica.
Los algoritmos de recomendación, esos sistemas de optimización que deciden lo que usted ve, en qué orden y con qué frecuencia, no son árbitros neutrales. Son instrumentos de maximización del engagement, métrica sagrada de la que depende la valoración bursátil de cada plataforma. Ahora bien, el engagement no es la reflexión. El engagement, en el lenguaje del clic, es la ira, el miedo, la indignación, el escándalo. Emociones primarias que cortocircuitan el análisis y cortocircuitan la razón.
Un estudio interno de Meta, revelado en 2021 por la denunciante Frances Haugen, demuestra que la empresa sabía perfectamente que sus algoritmos amplifican los contenidos de odio y desinformación, porque esos contenidos generan más interacciones que los informativos o matizados. La conclusión del estudio interno era tajante.
¿La decisión de Meta? No cambiar nada esencial.
El resultado de esta ecuación (bots generadores de contenidos extremos, algoritmos amplificadores de discursos emocionalmente cargados) es una cámara de eco a escala civilizatoria. Las voces legítimas, las que matizan, contextualizan, se interrogan, se autocorrigen, son sistemáticamente penalizadas por mecánicas concebidas para recompensar la radicalidad y la simplicidad.
En el ecosistema digital, Darwin ha sido reprogramado: lo que sobrevive no es lo más adaptado, sino lo más desmesurado.
La fábrica de odio a escala industrial
No nos tapemos la cara: esta infraestructura técnica no es fruto del azar. Es, en gran medida, el producto de voluntades deliberadas, ya sean industriales, políticas o estatales.
Las operaciones de influencia coordinadas con bots se han documentado en cada gran cita electoral de los últimos diez años: elecciones presidenciales estadounidenses de 2016, Brexit, elecciones brasileñas, francesas, italianas, indias. La Unidad de investigación sobre desinformación (DISINFO LAB) de la Unión Europea, al igual que el Stanford Internet Observatory (cerrado por la administración Trump en 2024…), han cartografiado redes enteras de cuentas automatizadas desplegadas para amplificar narrativas nacionalistas, xenófobas y antidemocráticas. Rusia, China, Irán, pero también actores privados que trabajan para clientes nacionales han industrializado esta práctica.
Lo que antes era una operación psicológica costosa, reservada a los Estados y las grandes potencias, se ha vuelto accesible por unos cientos de dólares en mercados negros digitales. Comprar diez mil seguidores falsos, lanzar una campaña de acoso coordinada contra un periodista, hacer que un hashtag conspirativo sea tendencia : todo esto se encarga ahora como una pizza.
Y mientras tanto, los medios tradicionales miran.
El silencio culpable de los guardianes de la información
Hablemos de los medios tradicionales. En toda honestidad intelectual, habría que hacerles el juicio que merecen.
Ante esta infestación masiva del espacio informativo, ¿cuál ha sido la respuesta de las grandes redacciones? En esencia: la carrera por el clic, la reproducción de tendencias virales, el reciclaje de controversias fabricadas por bots en «verdaderos debates de sociedad». ¿Cuántas veces hemos visto a periodistas de canales de información continua «cubrir» un hashtag como si representara la opinión de una franja significativa de la población, sin verificar jamás el origen de las cuentas que lo animaban? ¿Cuántas «polémicas» han sido elevadas al rango de hechos sociales mayores porque una red de cuentas automatizadas las había propulsado artificialmente a la esfera pública?
Los medios, en lugar de ser el filtro crítico entre la realidad y la percepción, se han convertido en amplificadores involuntarios (o a veces no tan involuntarios) del ruido de los bots. Peor: en su búsqueda de audiencias y de ingresos publicitarios, algunos han adoptado las mismas lógicas que las plataformas, recompensando la emoción sobre el análisis, el conflicto sobre el matiz, la simplificación sobre la complejidad. No hay complot en esta constatación. Hay algo más banal y más aterrador: la capitulación progresiva ante las leyes del mercado de la atención.
La polarización, síntoma de una razón en derrota
Lo que produce esta mecánica infernal ya no es solo un problema de «calidad de la información». Es una patología democrática profunda.
La polarización política en las democracias occidentales ha alcanzado niveles sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. Los estudios longitudinales realizados por el Pew Research Center en Estados Unidos muestran que la distancia ideológica entre demócratas y republicanos se ha más que duplicado en treinta años, y esa aceleración coincide precisamente con el auge de las redes sociales algorítmicas. En Europa, la progresión de los partidos de extrema derecha en países que parecían inmunizados (Suecia, Finlandia, Países Bajos, Alemania) sigue una curva similar a la de la penetración de las plataformas y de sus lógicas de radicalización por el engagement.
No es una coincidencia. Es una causalidad que la investigación académica documenta con creciente precisión. Los trabajos de Renée DiResta, Kate Starbird o Yochai Benkler han establecido los mecanismos por los que una minoría activa, impulsada por herramientas automatizadas, puede imponer sus representaciones a una mayoría silenciosa, creando la ilusión de un consenso extremista donde solo existe ruido artificial.
Fabricamos fascismos a la carta y los servimos en flujo continuo.
El ruido de los bots es eso: no la brutalidad franca y asumida del desfile de camisas pardas sobre el adoquín, sino la infiltración suave, la contaminación progresiva, la normalización por la repetición. Cuando un relato conspirativo o nacionalista es martilleado cien veces al día desde mil cuentas diferentes, el cerebro humano, ese formidable órgano modelado por la evolución para detectar patrones y adaptarse a su entorno social, acaba integrándolo como un dato de la realidad. Es lo que las neurociencias llaman el efecto de verdad ilusoria: la repetición crea credibilidad, con independencia de todo fundamento factual.
La educación: único dique contra el derrumbe
Hay una salida de este laberinto. Es incómoda porque es lenta, exigente y no genera ningún beneficio a corto plazo. Se llama educación.
No la educación tal como se practica a menudo (transmisión de saberes, preparación para la empleabilidad, formateo en competencias), sino una educación resueltamente orientada a la formación del juicio. Una educación que enseña a cuestionar una fuente antes de compartirla, a distinguir una información verificada de una afirmación emocional, a detectar las mecánicas de manipulación, a tolerar la incertidumbre en lugar de refugiarse en la certeza confortable del bando.
Una educación en medios y información (lo que los anglófonos llaman media literacy y los finlandeses practican desde los años 1990 con resultados medibles en la resistencia a la desinformación) debería ser el primer capítulo presupuestario de toda democracia que se preocupe por su supervivencia. En su lugar, la tratamos como una opción pedagógica facultativa, encajada entre dos horas de preparación de examen y un curso de educación cívica despachado en veinte minutos.
Vertemos cada día más potencia de cálculo, ingenio algorítmico y capital privado en sistemas que sabemos perfectamente que debilitan la democracia, y hacemos del espíritu crítico una variable de ajuste presupuestario. Es una forma de suicidio colectivo de difusión lenta.
Sin conciencia, toda esta ciencia nos conduce a la ruina. No es una metáfora romántica. Es un diagnóstico. La herramienta de difusión de información más sofisticada jamás construida por la humanidad está siendo utilizada para hacerle tragar sus propios demonios más arcaicos (nacionalismo, odio al otro, culto al jefe, desprecio de la verdad) a una velocidad y una escala que Goebbels y sus contemporáneos jamás habrían podido imaginar.
Oír el ruido antes de que sea demasiado tarde
La historia, cuando ha querido mostrarse indulgente, a veces ha avisado. El ruido de las botas sobre el adoquín podía oírse antes de que los tanques cruzaran las fronteras. Algunos lo oyeron. Demasiado pocos. Demasiado tarde.
Hoy, el ruido de los bots está en todas partes. Está en su teléfono, en las tendencias que consulta por la mañana, en los hilos de comentarios que recorre antes de dormir. Le modela sin pedirle su opinión, encoge su horizonte cognitivo, normaliza lo inaceptable por la simple mecánica de la repetición industrial.
La cuestión no es si podemos hacerlo callar. No podemos, no del todo, no sin sacrificar libertades fundamentales. La cuestión es si seguimos siendo capaces de oírlo por lo que es: no la voz del pueblo, no el pulso auténtico de una sociedad, sino el ruido artificial de una maquinaria construida para dividirnos, radicalizarnos y, finalmente, someternos.
Responder a esta cuestión exige ciudadanos capaces de análisis crítico, medios capaces de honestidad, reguladores capaces de valentía y educadores capaces de transmitir algo más que competencias: una postura intelectual, un reflejo de lucidez.
La alternativa la conocemos. Tiene una cadencia reconocible. Resuena, en otra tonalidad, pero con el mismo terror al final.
