Puesto que todos tenemos razón, la razón se desploma

Instaurar un diálogo entre humanos en 2026, y en un país ex-desarrollado como Francia, se ha convertido en un ejercicio complejo. Por varios motivos, ese ejercicio exige cada vez más energía mientras ve menguar sus objetivos. Es corriente, estructural y admitido que las dinámicas del diálogo presuponen un acuerdo mínimo sobre ese tiempo de intercambio de palabras y de opiniones más o menos elaboradas y compatibles con la moral social, las ganas de suscitar o recibir la empatía del interlocutor, o por qué no la proyección en el tiempo de una producción que supera la suma de las partes presentes.

La discusión, artefacto de civilización, en definitiva, que permite a cada cual resituarse en el subconjunto o subconjuntos que compone y ocupar en él su lugar. Necesaria, por tanto, por ser estructural en nuestras sociedades, pero poderosamente contrariada por una cantidad creciente de agentes exteriores que se alimentan de esas dinámicas para existir (en biología, parásitos biótrofos o saprófitos oportunistas) a expensas de sus huéspedes, aun a riesgo de matarlos, a fuerza de extraer de la fuente la linfa y la sangre, la savia y el jugo, con la única finalidad de su subsistencia, sin ningún valor añadido para el ecosistema ni para la cadena alimentaria.

Nombrémoslos, esos actores del agotamiento. Están situados en varios niveles del andamiaje económico y social, omnipresentes, dictando leyes que no forman parte del espectro de las luces republicanas. Una vez identificados, pinchémosles la piel y arrojémoslos al fuego, como se arroja una garrapata o un trapo apestado. En sentido propio o figurado.

Los industriales de la opinión

Entre los primeros TOCs que he podido desarrollar en contacto con los grandes sistemas de agregación de información (Google News), la adicción a la novedad destaca con claridad. Consultar 100 veces por hora un portal de información es un trastorno del comportamiento. Lo asumo, pero lo analizo.

Si deconstruimos rápidamente el fenómeno, ¿qué motiva a un individuo cualquiera a saber lo que pasa en el otro extremo del mundo sin el menor retraso? ¿Un miedo fundamental a perderse un cambio que influiría en su propia vida? Irracional. ¿Un apetito inextinguible de saber geoestratégico? Un poco de seriedad. ¿Tener más "cosas que decir" alrededor de la máquina de café? Muy probable, pero no avanzamos más.

El fenómeno, ampliamente documentado, conceptualizado como "FOMO" (Fear Of Missing Out), PROC en francés (Peur de Rater une Opportunité Collective), desde 2004 por el marketinero Dan Herman, y luego teorizado por el Dr. Andrew Przybylski (2013) en un estudio sobre los comportamientos digitales, es una consecuencia directa del reacondicionamiento de la psique por los algoritmos y de la accesibilidad total de las redes en la palma de nuestra mano.

Añadamos a esta verticalidad, que concentra toda la información del mundo en el punto de contacto con nuestras retinas, una medida en el tiempo de la horizontalidad del espectro de la producción de información, y recordemos que el ojo humano procesa hasta 25Mb/s de señales.

Así pues, hemos confiado, ciegamente, la mayor parte de los canales de información a plataformas de las que hoy conocemos su enorme toxicidad y todo el alcance de su proyecto imperialista. Y todo parece normal.

En las fuentes sobreabundantes de la Información única

La producción periodística contemporánea (porque antes era mejor), con su concentración (90%) en manos de industriales multimillonarios, se ha empobrecido en calidad y variedad a la vez que se hinchaba en sus volúmenes, su redundancia y su objetivación de la opinión como arma de poder político, ayudada en ello por unas plataformas cuyos intereses comerciales priman y cuyos objetivos societales, amparados en el pensamiento único, provocan más pesadillas que futuros radiantes.

Las fuentes científicas han corrido la misma suerte. Descréditas en el gran disparate de la pandemia de 2020, contaminadas por la carrera a las publicaciones, empobrecidas por los recortes en subvenciones públicas que entregaron los laboratorios de investigación a los intereses privados, cuando no eran directamente revendidos por dinero contante, sonante y dividendario, a fuerza de tomar consejos en gabinetes con conflictos de interés clamorosos. Señalemos que la IA ha contribuido ampliamente a producir scientific-slop. Fin de la confianza.(1)

¿La palabra pública? Aquí, en toma casi directa (porque las plataformas arbitran siempre, en última instancia), a través de las redes sociales y de otras webs gubernamentales, es la gran ausente de este diálogo, sin embargo esperado y de alcance altamente estructurante. Ha diluido, como muchos, su responsabilidad y no ha sabido gestionar las consecuencias de sus fracasos. El estado de la cosa pública lo atestigua a través de la quiebra de la V República en todos sus terrenos soberanos (educación, territorio, economía...), así como en sus modos operativos democráticos (negación de los resultados electorales, alianzas y chapuzas, puertas giratorias).

El hombre de la calle, aunque capaz de sentir que ya no domina los flujos que alimentan lo esencial de sus reflexiones, está en cierto modo obligado a aceptar lo que le ofrecen, por conveniencia, pereza o complicidad con ideas fáciles, poco profundas, que apelan, en el mejor de los casos, a un nivel muy superficial de sentido común.

Así toma cuerpo el segundo hecho "mayoritario", consecuencia de la fractura provocada por la presión de los flujos concentrados sobre la capacidad máxima de tratamiento del cerebro humano.

Sí, a este nivel de decrepitud del intelecto global, que choca con los límites de nuestra cognición en las fronteras biológicas de nuestra materia gris, leer un libro es un acto de rebelión de una gran violencia. Ver una película entera raya en lo revolucionario. Pensar por uno mismo es una acrobacia de alto nivel.

Pero de lo que hay que ser consciente, sin caer en el complotismo más sórdido, es que quienes detentan las llaves de estas problemáticas son también quienes las han provocado, estructurado e industrializado, y la industria tiene sus resortes, que ignoran el azar.

el tiempo finito de la atención

Así va la corriente de aire populista entre los oídos de nuestros conciudadanos; a fuerza de evidencias fantaseadas, de transitividades chapuceras, de fragilización de lo que ayer hacía autoridad, o directamente de misticismo apenas disimulado (Stérin y Bolloré son, no lo olvidemos, los fanáticos religiosos más peligrosos e influyentes del país), se hace deslizar el sentido de las realidades por el embudo de la opinión correcta, garante de una postura socialmente compatible y de una toxicidad baja, pero que a dosis altas y con el tiempo produce aquello de lo que el hombre es capaz en su peor versión. Ver el ascenso de la extrema derecha en Europa y en el mundo no es solo inquietante. Debería quitarnos el sueño. Es, sin duda, el efecto más notorio y más violento al que se pueden atribuir los extravíos de nuestra capacidad de apoderarnos de lo real para reorientarlo, decidir sobre ello, hacer acto de humanidad.

Pero recordemos el PROC evocado más arriba, mecánica ansiosa y apremiante, angustia existencial de no saber o de no haber entendido, al menos tan bien como Dugland de la máquina de café, el porqué de las bombas aquí, del precio del petróleo allá, del resultado del BARCA en el minuto 12. Nuestro tiempo de cerebro disponible se encoge a la medida de nuestra amplitud de espíritu y de nuestra paciencia para escuchar, comprender, analizar, producir riqueza o prospectiva.

¿Infolución? ¿Info-contaminación? Ciertamente. Pero ¿a quién le importa o incluso quién conoce estas nociones y los efectos subyacentes de unas prácticas hoy totalmente normalizadas frente a las herramientas puestas a nuestra disposición?

La soledad, un proyecto antisocial

Uno de los factores más determinantes de esta dinámica de dilución, que transforma lo que durante siglos hizo sociedad en una anomalía molesta y corrosiva, es, sin ninguna duda, el aislamiento del individuo, en sus esferas físicas, sociales e intelectuales. Este otro mal del siglo comparte el podio con el dolor de espalda, el cáncer, la depresión, las adicciones a todo lo que pueda hacer olvidar de manera compulsiva un malestar que ya ni siquiera conseguimos localizar, por falta de dedos suficientes o de saber dónde duele. Entonces uno desgasta su pulgar en la pantalla de un smartphone, un botón de cigarrillo electrónico, una bragueta, un botón de "me gusta". Tener 3.576 amigos en Facebook es realmente problemático, no porque la herramienta informática lo permita, sino porque se admite como posible. A fuerza de estratagemas para engañar a la soledad, se acabó por aceptarla como un hecho consumado, una normalidad asumida e incluso reivindicada. Un moho del alma, invisible, lento y progresivo, que empuja suavemente a sus víctimas hacia un repliegue del ego propicio a las opiniones radicales y no necesariamente ilustradas. El individualismo, a la vez origen del diseño de la opinión y su carburante económico, arrasa la sociedad, la gestión de empresa, las familias donde el diálogo está roto. Átomos gaseosos, perdidos en el espacio, no hacen un sol. Hace falta una fuerza de gravitación considerable y algunos millones de años para que se forme.

Concentrémonos.

Puede que tengas razón, pero yo tendré la última palabra

Todos fuertes y aumentados por nuestros saberes supuestos o artificiales, nunca a salvo de ver a nuestro interlocutor sacar el móvil para demostrarnos mediante ChatGPT que 2+2=5, el esfuerzo de ir hacia el otro y de iniciar un diálogo es correlato de una parte de sombra y, en la mayoría de los casos, la promesa de una contradicción insoportable, porque ya no se funda en las bases comunes de la realidad (y ahí sí se puede discutir sobre la apreciación de lo real), sino sobre ese sustrato a medio trucar, a medio alucinar, producto de bolsillo del que se nos venden los méritos y la calidad, pero que, por cierto, una vez sometido a un análisis minucioso, apenas logra demostrar su valía a escala de la economía real, en su parte "coesión social", y de la industria manufacturera en su parte IA y automatización.

Estamos, pues, en ese giro de la historia donde una elección se plantea (o debería plantearse) ante nosotros:

Cohabitar y cargar con ello, con una buena dosis de paciencia y abnegación, aun a costa de aceptar las aproximaciones, la ignorancia convertida en ley, las teorías humosas y la opinión de Dugland de la máquina de café, armado con su móvil de 1.500 € (no, no le arroje líquido hirviendo a la cara, va a tener problemas). Sobrevivir, en definitiva. O Asumir que la verdad, mientras no esté establecida, bien merece ser discutida, torturada, volteada, trabajada como una buena masa de pan de la que tenemos la sincera voluntad de hacer la mejor hogaza. La que nos gusta degustar en compañía, compartir en torno a otros alimentos más o menos terrestres, a veces incluso en silencio, con una sonrisa cómplice y apaciguada, una connivencia generosa que predispone a hacer grandes cosas, aunque haya que esperar hasta mañana.


Fuentes y referencias

Libros

  • Byung-Chul Han"Dans la nuée : Réflexions sur le numérique" (2015).
  • Bernard Stiegler"Dans la disruption : Comment ne pas devenir fou ?" (2016).
  • Shoshana Zuboff"L'Âge du capitalisme de surveillance" (2019).
  • Cathy O'Neil"Algorithmes : La bombe à retardement" (2016).

Artículos e informes

  • UNESCO"Journalism, 'Fake News' and Disinformation" (2018).
  • MIT Technology Review"How social media is destroying democracy" (2020).
  • The Guardian"The age of surveillance capitalism" (2019).
  • Le Monde"Comment les algorithmes nous enferment dans des bulles" (2021).

Documentales

  • "The Social Dilemma" (Netflix, 2020) – Sobre los peligros de las redes sociales.
  • "Nothing to Hide" (2017) – Sobre la vigilancia masiva.
  • "The Great Hack" (Netflix, 2019) – Sobre Cambridge Analytica.